El mercenario del periódico pogre
El mercenario del periódico progre salió de la reunión en la redacción convencido:
- “Hay que dar leña a la derecha. Hay que sacar a relucir la guerra de Irak e incidir en lo malos que son los americanos no respetando la legalidad. Por otro lado, otro tiene que incidir en la política social: matrimonio para homosexuales, y la reacción de la Iglesia. Hay que sacar toda la batería mediática”.
Con la adrenalina subiéndole por el cuerpo, bajó al garage.
Una vez dentro del coche, puso la música de todos los días: ese grupo americano de los setenta que le gustaba desde que tenía barba y pantalones de pana tipo campana. “Cuando era joven soñaba con ir a Estados Unidos; me gusta el país. Tengo que volver”, pensó. Navegó por las calles medio desiertas mascullando su artículo.
- Hay que decir lo de siempre, hay que repetir la misma consigna para mantener contentos a los nuestros y para que aquellos incondicionales del partido, trabajadores, obreros, currantes, sigan alimentados con el odio que emanamos. ¡Qué malos son los de la derecha! Hay que decir que si la COPE, que si los obispos, que si Jiménez Losantos, todo eso hay que decir. Siembran odio, separan.
El mercenario del periódico progre tenía claro lo que iba a decir. El paseo en coche hasta su casa le había servido para ordenar las ideas: la derecha del odio, el pueblo no se lo merece, están en contra de los derechos de los homosexuales, los inmigrantes, y solo quieren favorecer a sus amigos y perjudicar a los pobres, a los obreros.
El mercenario del periódico progre llegó a casa. Le abrió la puerta la señora del servicio… “Gracias, Paqui”. Entró en el salón, y besó a su mujer y a sus dos hijas, y entró en su despacho. Abrió el ordenador dispuesto empezó a escribir todo lo que había estado rumiando. Sonó el teléfono y era Jaime para pedirle un favor… “Este amigo maricón me molesta para cualquier cosa. Pues si tiene problemas con el servicio, que los eche y que se jodan. Que no coja a moritos. Que haga lo que yo, que a Paqui ni la tengo dada de alta en la Seguridad Social”.
El mercenario del periódico progre continuó vertiendo la bilis en la pantalla del ordenador. Las mismas consignas. Los mismos eslóganes. Nada nuevo. De repente, entró su mujer para preguntarle si había acabado, que iba a llevar al mayor a la catequesis. Terminó su artículo y se recostó en el sofá del despacho.
El mercenario del periódico progre solo es eso: un mercenario. Un hipócrita que vive ha vendido su alma y sus ideas por un sueldazo, pero que critica lo que pregona.

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