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Saldaña en verano

22 September 2008 No Comment

Imagen de Wikipedia. Juan P. Franco Abia

Saldaña es un pueblo de la provincia del Palencia, entre Palencia y la montaña palentina. Con el río Carrión abrazándola, Saldaña descansa a los pies de un castillo desgraciadamente casi inexistente (donde dicen que Doña Berenguela casó con Alfonso VII de Castilla, aunque en el pueblo hablan de una tal Urraca), y mirando en lontananza las ruinas romanas de la villa de la Olmeda.

Mis recuerdos de Saldaña son los recuerdos del noviazgo y del matrimonio. Recuerdos de viajes largos, de cansancio, pero de plenitud. Saldaña es brisa en verano, jersey de mangas por la noche y cortos de sidra al mediodía. Saldaña es vida tranquila y descansada en verano.

Por las mañanas, recuerdo los paseos a comprar el periódico en la librería Patricia, tomar un café en el Central o en Maryson (¿se llama así?), para volver a la casa de la era, o de la subida. Luego, los martes, es el mercado. Serpentear por él es meterse entre la muchedumbre conocida, ver los puestos de ropa, pero (y es lo que más me gustaba) también ir por el mercado a ver los quesos del Cerrato, la cecina de León o los chorizos, morcillas y lomo de los lugares.

Al mediodía, sobre todo los días de mercado, los sábados y domingos, es tiempo del vermut. Ir al Israel (o a “la Thatcher”, como suelen llamar los lugareños), caminando por San Pedro y su plaza, y viendo la biblioteca y las casas restauradas típicas es un lujo. Como lujo son las patatas de “la Thatcher”, y los chorizos del Bodegón. Luego, parada en el bar del Olegario, o bien en el nuevo de la esquina (que no recuerdo cómo se llama, pero que tiene un mosto rojo para los niños, creo), y, pasando por el Robles, ir al Santi a comer los mejillones. Magníficos.

Tardes de paseos por los caminos castellanos, hacia Valcabadillo o cualquier otro lugar. Tardes de escalada del Castillo, o de subir a la Morterona para ver Castilla hasta el fondo del horizonte. Tardes de subir por los pinos para ver Saldaña desde arriba. Tardes de ir en coche por Relea hasta volver, o hasta Pino del Río, o incluso hasta Guardo. Tardes de café con leche en la Bolera (el Josmar), o tardes de vermú allí hablando de lo que sea. O tardes de cafelito mientras los críos juegan en los columpios del Molino, en San Martín del Obispo. O tardes por el parque de Los Cortes. O tardes…

Las noches… son el final de la tarde. De jóvenes, las noches eran de juerga y diversión contínua en el Tío Babú, en el estupendo Puerta Falsa, o en la discoteca. Noches sin fin, que Saldaña era (y es) joven, aunque la juventud no venga ya conmigo. Noches de alegría.

Y también eventos especiales. Los conciertos en la iglesia de San Pedro, conciertos de música clásica magníficos que llenaban la iglesia. San Cristóbal y las sardinas. Y las fiestas del Valle, con la misa y la subasta. Pero esto ya es mucho. Y queda para otro día. Como quedan para otro día otras excursiones por ahí.

Dedicado a Encarna, de Sañaña. Pero, sobre todo, dedicado a Emiliano, que está en el cielo. A mi tercer abuelo.

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